A PUENTE-GENIL
A la Semana Santa

A la Semana Santa
Lírica andaluza

El Cristo de la Humildad
Los romanos
A la Virgen de la Amargura
Hijo de Dios
Domingo de Romanos

 

El Cristo de la Humildad

Después de condenado en burdo juicio,
coronada tu frente por espinas,
sobre tu misma mano la reclinas
en el breve descanso del suplicio.

¿Qué se esconde, Señor, bajo tu frente?
¿Qué piensas mi Señor en ese instante?
¿Es acaso, Jesús, que no es bastante
hacerte condenar, siendo inocente?

Sólo a tus jueces la condena infama
por el torpe baldón de su sentencia,
y todo el orbe con ardor se inflama

al noble resplandor de tu inocencia.
Y para siempre con amor te aclama,
Señor de la Humildad y la Paciencia.

Los romanos

Reflejo de los cascos imperiales
flotar de sus penachos en el viento,
brillante formación en movimiento
al compás de los sones mas marciales.


Espejo de los bravos centuriones
al viento la bandera desplegada
os aplaude la gente entusiasmada
temblando de emoción los corazones.

Para siempre enterrada por la historia
la Roma de los Cesares caída,
envidia sentirá por vuestra gloria

al veros desfilar como romanos
porque cobra su Imperio nueva vida
en vuestra eterna fe como cristianos.

A la Virgen de la Amargura

La Virgen de la Amargura
lleva una pena tan grande
que va regando dolores
que en el alma no le caben.

¡Oh! Madre de la Amargura
llena de dolor las calles
que los pechos pontanenses
para guardarlo se abren.

Amarguras de tu alma
repártelas como Madre,
dame un poco de tu pena
si quieres que yo me salve,

que el dolor de tus dolores
mi alma también abrase
que quiero sufrir contigo
para aprender a adorarte.

Yo quiero de tu amargura
el dolor que quieres darme
porque quiero ser yo tu hijo
para que tu seas mi madre.

La Virgen de la Amargura
lleva una pena tan grande
que va regando dolores
que en el alma no le caben.

Hijo de Dios

Puente-Genil 1950

Cristo agoniza en el Gólgota
entre suplicios y agravios
y sólo dicen sus labios
un: ¡Perdónalos Señor!
Pide a Dios por sus verdugos
y en ese gesto elocuente
nos da la prueba evidente
de que es El, el mismo Amor.

Ha muerto. En el Calvario
un fenómeno acontece,
todo de pronto obscurece
en torno de aquella cruz;
con sus tinieblas nos dice
la sabia Naturaleza,
en su sublime grandeza,
que de Cristo era la Luz.

Ya abandonó su Sepulcro.
Yo resucitaré, dijo,
y entonces lo que predijo
fue auténtica realidad;
y en esa resurrección
de su Majestad divina
nos confirma la doctrina
de que El, era la Verdad.

Es Amor cuando agoniza,
Luz, porque falta si ha muerto,
Verdad, su sepulcro abierto
¿Quién puede dudar de Vos?
Amor, Luz, Verdad. ¿No es eso
lo que Jesucristo encierra?
¿Quién habrá pues en la tierra
que no diga: Hijo de Dios?

La Domingo de romanos

Rebosa de Primavera
el obscurecido cielo,
tachonado con estrellas
y sembrando de luceros;
lágrimas de luz de plata
van del espacio cayendo,
acariciando la noche
con sus brillantes reflejos,
noche de aroma y perfumes
de nardos y limoneros,
de claveles reventones
que se desangran en tiestos.

La bella noche andaluza
ha quebrado su silencio;
los trinos de un pasodoble
lanzan al aire sus ecos
y el redoble del tambor
lo va transportando el viento.
Una reja se entreabre
que oculta unos ojos negros
y unos labios femeninos
musitan casi en silencio:
-Son los romanos que suben
a cantar al Nazareno.

Y el pasodoble se apaga
ahogándose en el silencio
y de sus notas resurge
de un miserere el lamento
que va pintando en la noche
la emoción y el sentimiento;
y cuando la última nota
quiere apagarse en sus ecos,
una saeta valiente
se quiebra con voz de duelo.
-Son los romanos que vienen
a rendirse al Nazareno

Con la última bengala
ya se ha emprendido el regreso
y el pasodoble desgrana
de vuelta los mismos ecos.
Ya regresan los romanos
a cobijarse en su Imperio
envueltos en sus capuchas
y con su bandera al viento
y al descender de la Ermita
todos se quedan diciendo:
-Son los romanos que vienen
de rendirse al Nazareno.

Y la calle despoblada
se va llenando al momento
de los curiosos que acuden
a presenciar el cortejo.
Son los romanos que vienen
de amplias túnicas envueltos,
de pálidos colorines
que la noche vuelve negros;
al compás de un pasodoble
que redobla bullanguero,
verde y roja su bandera
agitada por el viento,
iluminando la calle
con bengalas, que su fuego
va salpicando luciérnagas
que se apagan en el suelo.
-Son los romanos que suben
a cantar al Nazareno.

En la Ermita de Jesús,
que cubre el dosel del Cielo,
resaltando su blancura
entre pálidos reflejos,
hacen un alto en la marcha
los Romanos del Imperio.